Artículos de opinión

Los cambios son posibles

La pedagogía no sólo es un repertorio de acciones cargadas de buena voluntad ni tampoco es un arte; es ante todo una ciencia. Una ciencia que conlleva una tecnología, unos materiales, unas técnicas adecuadas a unas finalidades al hilo del contexto y en consonancia con el paso del tiempo. Los cambios sociales, culturales, tecnológicos y económicos de las últimas décadas han sido poco menos que vertiginosos. Todo esto exige actualización y mentalidad camaleónicas adaptativas en todos los órdenes.
Supone un imperativo que ante todos estos cambios las personas se adapten a los tiempos respondiendo a esa necesidad de adecuación y supervivencia. ¿Pero cambia también la educación y su planificación para dar respuestas a los nuevos retos tendentes a la formación de personas con relación al perfil y parámetros supuestamente deseados?
Esta pregunta se cuestionaba Juan Pedro Serrano, excelente pedagogo, en la última entrada de su blog.
Parece que seguimos a piñón fijo, sin la necesaria evolución ni revolución educativas. ¿Podremos posibilitar un cambio en base a las preguntas, que formula tradicionalmente el profesorado, y a las supuestas preguntas que emite el alumnado? ¿No sería posible cambiar el paradigma estimulando y propiciando la formulación de preguntas por parte nuestros jóvenes estudiantes ofreciéndoles respuestas razonables sin eludir este nuevo planteamiento?
Demasiados corsés, limitaciones, etiquetas, imposiciones, cauces que conducen inexorablemente a una finalidad predeterminada sin apenas conceder posibilidades de cambio ni a la exploración de nuevos itinerarios. ¿Es esta la escuela, la educación, el futuro para nuestros jóvenes que deseamos? A veces me viene a la mente el cuento de “Virtudes Choiqué“ la maestrita de las aldeas en las montañas que consideraba formidables a sus alumnos, a todos sin distinción, entendiendo la diversidad, conociendo, queriendo, ayudando, acompañando y procurando para sus niños, como personas individualmente irrepetibles, la seguridad y autoestimación necesarias para perseguir la felicidad que todo ser humano ansía.
Desde las más altas instancias se preconiza la necesidad de la creación, la investigación, la innovación o la originalidad como banderas del talento pero, de forma cansina, machacona e impenitente, día a día, se trabaja en la línea de la unificación, la uniformidad de lo social y políticamente tan aceptable como correcto en no pocos contextos. Pocos han tenido la suerte de contar en su propio historial educativo con maestros que han sabido o querido identificar las inteligencias, los rasgos individuales y concretos de cada persona, han sabido valorarlos, respetarlos y potenciarlos. Pocos han pasado por exámenes no sólo para emitir respuestas concretas, en términos concretos y en una forma concreta de resolución, sino también para demostrar que se ha recabado correctamente información variada para resolver de forma original una problemática planteada, cargada de realidad, significatividad y sentido prácticos.
Cuando éramos chavales se solía identificar a la memoria con la inteligencia, con la excelencia; mejor incluso, si de forma fotográfica se reproducía el contenido demandado. Recuerdo que en ocasiones hasta se censuraba el hecho de preguntar sobre un tema concreto, curiosear sobre contenidos que no tocaban, hacer dibujos que no eran copia de…o llevar una revista o documentos bajo del brazo, de carácter científico.
Cuántas alas se han cortado, curiosidades ninguneadas, inquietudes reconvertidas, personalidades domesticadas o futuros encauzados en lo que esta sociedad supuestamente necesita. ¿De esta manera vamos a potenciar la creatividad, el ingenio o la innovación? ¿Vamos a asentar las bases económicas del futuro, el prestigio de nuestras universidades, de todo el sistema educativo, permitiendo que nuestro mayor potencial, la cultura, la inteligencia, nuestra juventud más talentosa se forme en estos parámetros y después se desquicie buscando salidas en el exterior?.
Es posible que los grandes genios, los grandes talentos, aquellos que han modificado
para bien la Humanidad hayan sido o son personajes especializados en nadar contra
corriente, cazadores empecinados de sus propios sueños, conscientes de que el bien más
preciado es su inteligencia acompañada, eso sí, de una mayor obstinación.
                                                                                                                                              Juan Simarro

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