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La educación que pretendemos

Pocos asuntos de interés general han desatado tanto interés, polémica y controversia como la educación. Pasan las décadas, se suceden planes y leyes que se supone debieran arrojar resultados deseables, pero la realidad, desgraciadamente, es otra. Da la impresión de encontrarte, durante mucho tiempo, pedaleando, haciendo camino, avanzando con esfuerzo y sudores y cuando levantamos la cabeza y la giramos, nos vemos ante un espejo que muestra a un individuo desencajado por la fatiga y montado en una bicicleta estática. No se ha movido un solo milímetro. Esta sensación de estancamiento y de frustración es compartida, en ocasiones, por muchos de los profesionales que componemos el tejido educativo de nuestro país.
De ninguna manera podemos decir que nuestro alumnado no aprende. Por supuesto que aprende, a veces a pesar nuestro, a pesar de lo desacertados y poco profesionales que podamos estar, y a pesar incluso del carácter poco colaborador de determinadas familias para con sus hijos. Se aprende de todo, de las relaciones sociales, de los éxitos, de los fracasos y de las carencias que bloquean procesos virtualmente eficaces. En general, el profesorado mantiene esa intencionalidad de que sus alumnos aprendan y avancen en esa pretendida singladura que les lleve de una etapa educativa a otra y culminar, a ser posible, en la universidad alcanzando sus metas y cumpliendo sus sueños.
Cabría hacerse preguntas: ¿ Estamos enseñando lo que realmente puede ser interesante, valioso y relevante para nuestros jóvenes, contamos con su voluntad de aprender, enseñamos de la manera más atractiva para ellos, hacemos uso de los materiales y estrategias más adecuados, tenemos en cuenta su diversidad en cuanto a capacidades, intereses, estímulos internos y externos…? Habría muchas preguntas más, relativas a nuestra disponibilidad y capacidad para trabajar en equipo, a nuestra voluntad de formación personal con carácter permanente, a la necesidad de incorporación real e implicación de agentes educativos externos como la familia o las instituciones del entorno. También podríamos preguntarnos acerca de la competencia de nuestros legisladores cambiando planes educativos, a menudo sin contar con el asesoramiento, participación y consenso de los profesionales protagonistas, día a día, de la práctica educativa en los centros de enseñanza.
Todos y todas tenemos una experiencia, una historia personal educativa en nuestras etapas como alumnos que fuimos en los centros de primaria y secundaria. Daba la impresión de que el estudiante debiera conocer, de forma enciclopédica, todas las disciplinas del saber, memorizar capitales, movimientos literarios, autores, los ríos de todo el mundo…Y se nos evaluaba en este sentido sin tener en cuenta las conexiones de unos conocimientos con otros, o con lo que realmente supone el auténtico conocimiento, en tanto que nos capacita para la resolución de problemas y situaciones de carácter
personal o social. Y la realidad es que el mundo es cambiante, de forma rápida y casi sin tiempo real para la adaptación a las modas, tendencias, nuevas tecnologías, referentes o intereses. La globalización, las TICS, nuevas fórmulas de relación social, novedosos canales del conocimiento,… nos han arrollado a todos y la necesidad de actualización constituye un imperativo urgente.
Se requiere, por tanto, un perfil profesional de educador adaptado al momento actual, flexible, camaleónico, capacitado en habilidades sociales y comunicativas, negociador y competente en infinidad de aspectos. Una persona capaz de reconocer el carácter propio y las particularidades de cada centro, de cada contexto, preparado para el trabajo cooperativo, para la toma de decisiones consensuada y con temple para sobrevivir con el mínimo coste emocional posible.
En esta actividad enmarcada en el campo de las relaciones sociales, habría que hacer frente a los grandes retos y desafíos planteados que suponen un lastre importante en la construcción de personas con la capacidad de vivir y compartir armónicamente en la sociedad que les ha tocado vivir y con el bagaje de conocimientos óptimo en función de su umbral de capacidades. Importante y difícil es que nuestro alumnado se interese por conocer y aprender ciertos conocimientos, tenga voluntad y ambición de mejora para que, elevando su propia estimación personal – su autoestima – avance y se marque metas, pero también lo es la generación de un clima favorable en las aulas para propiciar relaciones personales razonables, vivencias en reciprocidad deseable y respetuosa con y hacia los otros.
Este necesario planteamiento para dar respuesta a las necesidades que la educación demanda, debe entenderse como una responsabilidad compartida con las familias y con la sociedad, que es en definitiva, quien, en gran manera, genera las distorsiones sobre las que, después, exige soluciones al mismo sistema educativo, posiblemente el último dique de contención en restaurar, implantar y consolidar valores.
Juan Simarro

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